martes, 1 de noviembre de 2011

Capítulo II


Era la primera vez que entraba a esa casa, tenía un fuerte olor a pintura y muebles nuevos. La mudanza ya estaba completa; sus padres habían estado hace una semana en la casa colocando los muebles más grandes en su sitio, pero aún había muchísimas cajas sin desempaquetar.
- ¡Mamá! ¿Cuál es mi habitación? - preguntó mientras dejaba las maletas en el suelo.- ¿Mamá?- No obtuvo respuesta de su madre, así que fue a investigar la casa.
Frente a la entrada había un gran arco, que daba a lo que parecía un enorme e incompleto salón. Al final del salón, estaban las escaleras, a la derecha. Estaban escondidas. Siguió un pequeño pasillo y acabó de nuevo en el recibidor, donde estaba su madre.
- Lo siento por tardar hija, pero estaba organizando todo un poco. Bueno, ¿qué te ha parecido la casa?
- No la he visto completa, ni siquiera he visto mi habitación...
- ¡Es verdad! Pues coge tus maletas y sígueme. Tu habitación está en el piso de arriba.
Cogieron entre su madre y ella sus maletas y subieron al piso de arriba. Entraron a una gran habitación y dejaron allí las maletas.
- Ainara, esta podría ser tu habitación, ¿la quieres? - dijo su madre. Ainara se quedó sorprendidísima.
- ¿Qué? ¡Pero si es gigante! ¡Es el doble de grande que mi habitación de Vitoria!
- ¿Y qué más da? ¿No has visto que esta casa es el doble de grande que la anterior? Además, hay muchas más habitaciones, y esta tampoco es la más grande... En fin, ¿la quieres? - dijo su madre sonriendo.
- ¡Claro que la quiero! - se acercó a su madre y la abrazó.- ¿Y papá y tú? ¿Dónde vais a dormir?
- ¿No has visto el piso de abajo entero, verdad?- Ainara negó.- Pues al lado de la cocina hay una habitación y un baño. Ahí dormiremos.
- ¿Y Leire?
- Bueno, en este piso hay dos habitaciones más, una pequeña y otra como ésta. Supongo que elegirá quedarse con la grande.- dijo riéndose.
- ¿Y qué vais a hacer con la habitación pequeña?
- Hemos comprado un par de camas de más, así que vamos a hacer un cuarto de invitados. ¿Qué te parece?
- Genial mamá... no sabía que cuando decíais que la casa a la que nos íbamos a mudar iba a ser grande... os referíais a una casa TAN grande... ¡Es enorme!
- Me alegro de que te guste, cielo. Por cierto, se me olvidaba enseñarte una última habitación.- cogió de la mano a Ainara y se dirigieron fuera de la habitación. En el vestíbulo donde estaba la escalera, había una puerta. Su madre la abrió. A Ainara le pareció que esa era la habitación más amueblada que había visto hasta el momento.
- ¿¡MAMÁ!? - esa fue la única palabra que pudo pronunciar. La habitación a la que le había llevado su madre era un segundo salón, pero sin comedor. Había una chimenea con sofás alrededor de ésta. Muchas librerías, y al lado de estas innumerables cajas. También había una televisión.- ¡Papá y tú os habéis vuelto completamente locos! ¿Qué se supone que es esto?
- Es un salón independiente, sólo para Leire y tú. Podéis estar aquí si no os apetece bajar al salón principal. Lo único que os pido es que tengáis el máximo cuidado con la chimenea... no quiero que incendiéis la casa.- Ainara se rió, todo era increíble.- Así... no sé... espero que empecéis con buen pie. Sé que os va a resultar difícil empezar una nueva vida, pero también espero que seáis felices en esta nueva casa. Tu padre y yo os queríamos dar algo mejor... y por tu cara veo que lo estamos consiguiendo.- Su madre sonrió dulcemente y Ainara la volvió a abrazar.
- Muchas gracias por todo mamá... va a ser difícil empezar todo de nuevo, pero vosotros habéis hecho todo  lo bueno posible. Gracias, de verdad.- Ainara también sonrió. Antes a Ainara sus padres le parecían buenos... desde ahora y para siempre iban a parecerle un par de santos.
- Ainara, en tu habitación hay un montón de cajas. Desempaquétalas. Cuanto antes lo hagas, antes te quitarás de encima toda la mudanza. A mí sólo me quedan cuatro cajas...
-¿Sólo? - dijo Ainara riéndose.
-Sí, ten en cuenta que al principio tenía veinte... tú tendrás más o menos veinte también, así que ve a tu habitación y organiza todo.
- De acuerdo...- dijo perezosa Ainara. Miró la hora en el móvil: las cinco y media. Tenía toda la tarde por delante, y como no iba a salir...más bien porque, aunque suene mal, no tenía amigos... le daría tiempo para organizar por lo menos diez cajas.
Y eso hizo, colocó en la librería de su habitación todos sus libros, sus fotos, su figurita del delfín que tenía desde que era pequeña... todos sus recuerdos estaban en esa habitación. Todo eso ocupaba cinco cajas.
En su escritorio puso su joyero, sus libros del nuevo instituto... aunque luego lo pensó y los dejó en una caja vacía, en una esquina de la habitación. No quería saber nada del instituto, y menos en vacaciones.
Por fin encontró envuelto en miles de capas de papel de burbuja su ordenador portátil. Inconscientemente le dio un beso... fue muy penoso. Sus cosas de Dibujo ocupaban una caja entera, las colocó en un cajón de la cómoda. 
Tardó dos horas, pero al fin terminó de vaciar todas las cajas... y antes de lo previsto. Sólo quedaba vaciar las maletas y colocar la ropa en los armarios y su neceser en el baño. Al terminar de meter en los armarios toda su ropa, cogió su neceser y buscó el baño del piso de arriba.
Para su sorpresa, había dos. Uno más grande, claro. Así que fue al baño más grande y colocó todo en su sitio. Cuando terminó eran las nueve, y estaba agotada. Puso el edredón y la ropa de cama, cogió su toalla de la maleta y fue directa a la ducha. Estuvo casi media hora en la ducha, hasta que su hermana le avisó de que la cena iba a estar lista. Salió de la ducha, se secó el pelo, se puso el pijama y bajó al comedor.
Estaba casi dormida. Cenó a trompicones... cuando había terminado de cenar, dio un beso a sus padres y a su hermana y se metió en la cama a dormir.
Había sido un día muy duro y, estaba tan cansada física y mentalmente que creyó que necesitaría dos días para recuperarse.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Capítulo I

Ainara despertó de su pequeña siesta. Se quitó los auriculares y miró a través de la ventana del coche. Estaba lloviendo, pero pudo apreciar en una señal informativa que quedaban 80 kilómetros para llegar a su destino: Villasaceda.


Era una larga historia. Ella y su familia vivían en un pueblo cercano a Vitoria pero sus padres decidieron mudarse a un pueblo cercano a la capital del país para vivir en una casa más grande. Ainara aborrecía esa idea... echaría muchísimo de menos su pueblo, sus bosques, sus amigos y amigas...Víctor... ¿Cómo podía saber cuando iba a volver a ver todo lo que iba a extrañar? Esa era la pregunta que se hacía innumerables veces. Estaba tan lejos de todo aquello...
Pero no podía hacer nada, debía empezar una nueva vida desde el principio. ¿Quién sabe? A lo mejor podría encontrar todo aquello que nunca había tenido y lo que había dejado en Vitoria.

Nuevos amigos, nuevo colegio, nueva casa, nuevo ambiente... no había estado jamás en Madrid. Pero las únicas ideas que tenía acerca de Madrid es que era totalmente artificial... Sería el momento perfecto de olvidarse de las hogueras de San Juan... Lo único bueno era que sus tíos vivían allí, y su hija tenía más o menos la edad de Ainara.

Y era más que normal pensar lo difícil que podría ser que una chica como Ainara, de 15 años, se adaptara a un lugar tan distinto al que vivía antes.Ainara no era una chica borde. ¡Todo lo contrario! Era una chica agradable y simpática, pero para nadie es fácil hacer amistades tan precoces.

Le aterró la idea de no hacer amistades en su nueva vida. Realmente... era la primera vez que tenía miedo del futuro. Cerró los ojos y se durmió.

- ¡Ainara! ¡Ainara, despierta! - le susurraba al oído su hermana Leire.
- ¿Qué pasa? - decía Ainara mientras se desperezaba.
- Hemos llegado cielo. - le decía su madre mientras le dejaba sobre sus piernas el abrigo.

Volvió a mirar a través de la ventana. Ya no llovía, pero todo estaba húmedo. Salió del Toyota y hechó un vistazo a su alrededor. Hacía mucho frío, pero el olor a lluvia le encantaba.  Entonces miró el chalet donde iba a vivir. No era un chalet aislado, estaba rodeado de muchos más casas iguales: de ladrillo blanco, con un patio, dos pisos...
Frente a la calle donde se encontraban las casas había un descampado. En éste había un hombre con su perro y unos niños pequeños jugando al fútbol. Al otro lado del descampado había también una fila de casas similares a la suya. A la izquierda del descampado había un edificio que parecía un colegio y a la derecha una panadería.
Dejó de observar los alrededores y ayudó a su familia a sacar las maletas del maletero. Cogió sus tres maletas y se las apañó como pudo para subir las escaleras y llegar hasta la puerta de entrada a su nueva casa.