Era una larga historia. Ella y su familia vivían en un pueblo cercano a Vitoria pero sus padres decidieron mudarse a un pueblo cercano a la capital del país para vivir en una casa más grande. Ainara aborrecía esa idea... echaría muchísimo de menos su pueblo, sus bosques, sus amigos y amigas...Víctor... ¿Cómo podía saber cuando iba a volver a ver todo lo que iba a extrañar? Esa era la pregunta que se hacía innumerables veces. Estaba tan lejos de todo aquello...
Pero no podía hacer nada, debía empezar una nueva vida desde el principio. ¿Quién sabe? A lo mejor podría encontrar todo aquello que nunca había tenido y lo que había dejado en Vitoria.
Nuevos amigos, nuevo colegio, nueva casa, nuevo ambiente... no había estado jamás en Madrid. Pero las únicas ideas que tenía acerca de Madrid es que era totalmente artificial... Sería el momento perfecto de olvidarse de las hogueras de San Juan... Lo único bueno era que sus tíos vivían allí, y su hija tenía más o menos la edad de Ainara.
Y era más que normal pensar lo difícil que podría ser que una chica como Ainara, de 15 años, se adaptara a un lugar tan distinto al que vivía antes.Ainara no era una chica borde. ¡Todo lo contrario! Era una chica agradable y simpática, pero para nadie es fácil hacer amistades tan precoces.
Le aterró la idea de no hacer amistades en su nueva vida. Realmente... era la primera vez que tenía miedo del futuro. Cerró los ojos y se durmió.
- ¡Ainara! ¡Ainara, despierta! - le susurraba al oído su hermana Leire.
- ¿Qué pasa? - decía Ainara mientras se desperezaba.
- Hemos llegado cielo. - le decía su madre mientras le dejaba sobre sus piernas el abrigo.
Volvió a mirar a través de la ventana. Ya no llovía, pero todo estaba húmedo. Salió del Toyota y hechó un vistazo a su alrededor. Hacía mucho frío, pero el olor a lluvia le encantaba. Entonces miró el chalet donde iba a vivir. No era un chalet aislado, estaba rodeado de muchos más casas iguales: de ladrillo blanco, con un patio, dos pisos...
Frente a la calle donde se encontraban las casas había un descampado. En éste había un hombre con su perro y unos niños pequeños jugando al fútbol. Al otro lado del descampado había también una fila de casas similares a la suya. A la izquierda del descampado había un edificio que parecía un colegio y a la derecha una panadería.
Dejó de observar los alrededores y ayudó a su familia a sacar las maletas del maletero. Cogió sus tres maletas y se las apañó como pudo para subir las escaleras y llegar hasta la puerta de entrada a su nueva casa.